bombo imantado

tornero de la energía

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Esperanza de postergación

 

Entre las sombras de mi monki me visto más
pensando en la obligación que en una lengua,
un arte.

Qué impresión cambiar de un espacio cerrado
al espacio del barrio donde vivo, en el que
paso mis horas de trabajo  en las que escucho
el cimbronazo de los juicios repetidos contra mí.

Autos sobre una calle empedrada que la velocidad
disuelve.
Ramas peladas discontinuando la plena
luz del sol. Metal entre mí lengua y metal
de la sangre y el sabor de saber que señalo
como nuevas prendas que ya no lo son. Como
el pasaje tranquilo no es tranquilo y como mis jeans
nuevos que ya tienen más de un año. Esos autos
que pasan tienen un recorrido no quedarán avanzando
frente a mi casa cerrada. Corro a la esquina. Cruzan autos
y camionetas como en una atropellada.
Y los gestos de los conductores no son los gestos
de los que, con la cabeza, manejan esos vehículos.
Toneladas de fierro.
Más revistas aplastan los cimientos del kioskito de chapa.
Años atrás el encargado de esa institución del texto
y la época hubiese sido de alguna vanguardia.
Hoy es de los nuestros, de los vacíos. Los que
caminando por pasillos a la noche no atendemos
las guiños del sueño. Pensando tan fuerte como sea posible.
Porque ese ruido nos mantiene serenos.
Hoy el colectivo viaja vacío las cuadras
que me separan, pocas, de mi hogar a mi trabajo.
Veo fotos gigantes de famosos de distintos
circuitos pegadas en las paredes. Algunos grandes,
extensos. Hay asientos vacíos, por qué
no vienen y se van de ahí. De ese
papel endurecido que los guarda
y enferma de miradas y de opiniones. También veo
un sánguche y un café. Son una parte, no
la más importante, de una oferta. Pero
tienen un tamaño que viajará
con nosotros hasta que,
quizá, comprobemos.


¿Existirá alguna aclaración sobre esa verdad
innecesaria?  Quizá no. Importan los colores o
qué están frente a mí proponiéndome un encuentro
prolongadísimo, haciendo fondo
en ese deseo que a esta hora de luz
de sol tiene pocas palabras pero es igual
de familiar. El timbre del colectivo no suena.
Me intranquiliza apenas imaginar que nunca
voy a bajar en la parada oportuna.
Pocas veces pasa pero… Hay más espacio
abierto en la plaza  y los baldíos domados.
De la avenida a los silos que me esperan
con zumbidos de computadora. Llaman
a un perro por su nombre. Guille.
Va. Carga la obediencia de su especie
sobre el cemento recién amanecido.

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elbaulnegro:

SCANNERS*
Estamos seguros de que no sabrás nunca
que mientras estabas en el trabajo
nos metimos en tu casa y no dejamos nada por tocar
Nos probamos tu ropa del derecho y del revés
corrimos el horno y tomamos
nota de sus secretos
llevamos la heladera hasta el baño
adelantamos y atrasamos tus cassettes
Uno de nosotros desarmó por completo tu televisor
y volvió a armarlo en tan solo dos horas
Nos metimos debajo d etu cama
debajo de tu colchón
debajo de tus sábanas
miramos detrás de tu espejo 
nos besamos dentro de tus placares
Dejamos todo tal como estaba
y nos fuimos justo a tiempo
para verte entrar 
sin que nos vieras
Y sin embargo
tememos que te enteres
y que nos preguntes la razón
pues eso nos convertiría en frágil hojaldre.
 
Un poema del libro Sarta de Pablo Cruz Aguirre
Una imagen de The Bling Ring de Sofía Coppola
Universos paralelos
 
 

elbaulnegro:

SCANNERS*

Estamos seguros de que no sabrás nunca

que mientras estabas en el trabajo

nos metimos en tu casa y no dejamos nada por tocar

Nos probamos tu ropa del derecho y del revés

corrimos el horno y tomamos

nota de sus secretos

llevamos la heladera hasta el baño

adelantamos y atrasamos tus cassettes

Uno de nosotros desarmó por completo tu televisor

y volvió a armarlo en tan solo dos horas

Nos metimos debajo d etu cama

debajo de tu colchón

debajo de tus sábanas

miramos detrás de tu espejo 

nos besamos dentro de tus placares

Dejamos todo tal como estaba

y nos fuimos justo a tiempo

para verte entrar 

sin que nos vieras

Y sin embargo

tememos que te enteres

y que nos preguntes la razón

pues eso nos convertiría en frágil hojaldre.

 

Un poema del libro Sarta de Pablo Cruz Aguirre

Una imagen de The Bling Ring de Sofía Coppola

Universos paralelos

 

 

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Los átomos de la luz / Daiana Henderson

Queda algo por decir sobre la infancia
además de lo que venimos
y seguimos diciendo.
La casa donde crecimos es ahora de otros.
Flota extraña la ventana
en lo que era la pieza de mis padres.
Es cierto. Desconozco
las malas noticias, los buenos ratos,
los proyectos que habrán nacido en esos
metros cuadrados desde que nos fuimos.
Pero sé con seguridad cómo
a la mañana se infiltra por la ventana
un halo de energía a partir la vivienda,
como plantas que crecen
en las hendijas de los edificios:
una prolija franja de luz
aterriza sobre la alfombra.
De chica, sentada en el lado fresco,
la observaba revelar partículas
de polvo u otra cosa, suspendidas
en el aire, que bajaban lento
en diagonales diversas.
Desde la vereda de enfrente veo
que le pusieron rejas a la entrada,
usaron una paleta de colores
que yo no hubiese aprobado,
no puedo ir a decirles tampoco
que esos helechos secos colgando
a los costados de la puerta
le dan un aspecto descuidado.
Pero es imposible que ellos
conozcan mejor que yo el momento
en que el sol entra y la fecunda.
Igual que personas que conservan
fotos de sus ex parejas desnudas,
en esa imagen íntima, la casa,
todavía algo me pertenece.


Del ebook “A través del liso”
Link de descarga: A través del liso - Daiana Henderson - DR>

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Humo sobre Warnes

Algunos papeles de cigarrillos y alfajores
viajan movidos por las mansedumbre del espíritu
y, como el pesado tráfico, avanzan por calle
Muñecas; no hay que confundirse, saben que el
sinuoso camino los lleva a destino. La luz
marca el polvoriento sudario de las últimas
lluvias en la vidriera de un negocio próspero
pero que poco ostenta su bonanza. El 42 
no es lento, no quiere irse de ese barrio donde
lo enfermo renace y vuelve a las pistas
habituales de la historia. Estamos quietos
viendo cómo lázaro, o un focus, o una fiorino
o una partner después de una vuelta de llave
se levantan y andan por el asfalto, dejan
el reposo patológico donde los yuyos y
los grafiteros tienen el gusto del veneno.

La avenida milagrosa tapa con humo
los ojos de los que resisten a que la vida
se atornille y avance por calles sanadoras. Papa
Francisco, Padre Mugica, Maestro Amor,
Ceferino Namuncurá, Diego Armando propongo
para nombrar las calles que cargan a Warnes
de energía reparadora, de fe en la reconstrucción.

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Ostra de sarro

No, el humo oscuro de los camiones no distrae el brillo
de setiembre. Los motores llenan la tarde
la primavera pulveriza su brillo por las hojas
de la planta que sea. La luz se multiplica en millones
de esporas y muere en todo: acuerdo
sobre lo común, piedra sobre barro, los puntales
de madera se vencen. Visto esto se precipita la pregunta
cómo será el momento en que empiece a decaer
todo, insisto, en pedir con culpa por aquellos
que desconozco totalmente. Ante el semáforo
atención a los que necesitan que por el surco
llegue la ayuda, la fuerza para que se decidan
se organicen se dirijan para que el presupuesto
llegue. Previsible, esperable. Como esto todo
lo que está detenido en mi cabeza, almacenado
como una ostra de sarro me acompañe
mientras pienso con su ruido y sus rayones
hasta que me la pique.

 

 

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¿Qué estás pensando?

Pablo tiene una lectura evasiva para todo, yo una sensible-hiponeuronal, Lara una de materialismo popular autocompasivo, Anita razones geométricas que se toma en serio como pastillas que prometen tranquilidad, Helena lee en voz alta y arquea, mientras, confesiones de fortaleza, Diego sacude su tamiz de ideología militante, Leonel es visceral, piensa con el cuerpo ¿qué vamos a hacer con todo esto? en mi línea de tiempo una chica se pregunta si seguirán existiendo en esta ciudad los subtes y el sol, esa especie de soborno, si podremos acostumbrarnos a semejantes faltas. Esta semana fue un gris y hubo humedad fastidiosa, como un captcha que te impide acceder a lo que querés. Con el caos que generó el paro gremial, desarrollé gemelos, fui al trabajo caminando y de acá para allá. En Once sentí que podía detenerme a mirarlo todo, sacar jugo de ofertas pero no tengo un peso y estoy pobre de tiempo, a veces avanzar se trata de lo contrario. Pensar es parar y tengo hijos, mi obligación es avanzar. No me sirve nada relacionado a eso que llaman beneficios, me entrego a plazos, desconozco pensar en términos de presupuesto. Mi bufanda larga pelos amarillo flúo y me pone en tensión eléctrica frente a lo que toco; miro a un costado: Once combina conmigo, debería darme risa todo este afán de conjugarme con mi alrededor. Bailo abducida y mareada en una fiesta, negocio un aumento, entro a una casa que huele a calor y hebras de chai, afuera llueve, inhalo y no quiero soltar ese aire nunca. A la mañana temprano manejo una resaca batiendo un mousse, pego brillantina sobre una tarjeta de feliz cumpleaños, le nombro a una amiga a XX y pregunta ¿qué te hizo? eso es amor, ya está. O que me llame para pedir que miremos juntas un programa de televisión y entonces pasa, nos sentamos excitadas de emoción frente a la pantalla, a cinco barrios de distancia. Mercado libre me persigue “termina de publicar”. Evito estar en verde porque el mandato me dice: eso es sincericidio, un manifiesto de estado, como si la privacidad no fuera otro invento de época. ¿Y el antimandato? ¿no es al fin de cuentas otro mandato? Lo imperioso es responder con obra, dice Flor. Y Lau, saltando de la silla, agrega “desplegar artillería teórica” “juntémonos a leer, armemos otro aparato”. Enseguida limpiamos las migas, apartamos a un costado los paquetes con sobras; en lo que me llega a Correo Basura, “la conversación debe mantenerse viva” y apenas entro al condado azul, un robot me pregunta ¿qué estás pensando? Quiero que me cueste, quiero dormir, debe ser en mi nueva vida. Mi hija me pide que le pase el jabón y dice: “perdón, me olvidé una cosa, mi mente es rota” entonces la abrazo, tiene razón en la forma, me veo en su espejo. No sabemos si es genética o repetición. Tengo un pony sobre el teclado, salsa blanca en material de fotocopias, s.o.s para juegos de una lógica que se me escapa. Fiaca de sonreír con los ojos, mover el pelo, digo eso y los que me quieren me retan. Los domingos recibo a los chicos meados en perfume de hombre, todo un despliegue de marcación territorial. A dos cuadras de casa, en las paredes de un baldío antiguo, Rimbaud goza en su tumba “yo ya no es lo que era”, debe haberlo pintado un chico que volvía de bailar a la mañana. Hay coincidencia de sujeto y objeto, creo en eso, otra remediable dificultad.

(Hay más poemas de @noemas en Del pasado solo recordamos los tiempos de paz)

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un ruso al que no leo nunca

Dame tu pata, Jim, para la suerte,

una pata así no había visto antes.
Ladremos juntos bajo la luna
en este día tan silencioso y tranquilo.
Dame tu pata, Jim, para la suerte.
Por favor, querido, no te lamas.
Entendamos juntos esto que es simple.
Vos no sabés lo que es la vida,
no sabés lo que cuesta vivir en este mundo.
Tu dueño es amable y famoso,
suele recibir muchos invitados,
y todos, sonriendo, quieren
tocar tu piel de terciopelo.
Tu belleza perruna es irresistible,
tan confiable, amistoso, agradable
y sin preguntarle nada a nadie,
besás a todos, como un amigo borracho.
Mi querido Jim, entre esas visitas
hubo invitados de todo tipo.
¿Pero aquélla, la más callada y triste,
por casualidad no pasó por acá?
Ella vendrá, te lo prometo.
Y si no estoy cuando suceda,
lamele por mí su mano tierna
por todo lo que fui y no culpable.
 
De Sergei Esenin
(via Hacia donde llega la voz)

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Hotel Miami

Calle Gascón. Habitación sin baño privado. Sin ventana
con una puerta al pasillo. Con una mesa en la que
entran o un plato o un libro o el mate y el termo
o un cuaderno o un codo sosteniendo esa masa
de electricidad y cada vez menos pelo o una computadora
o un bolso. Segunda quincena del mes de noviembre.
En esta ciudad en la que el el cardumen pasa y tus manos
arañando no  se quedan con nada.
Teléfono semi público. Un cuaderno donde mi nombre
adhiere a la inestabilidad de otros nombres
también separados o quizás a la sorpresa
de los turistas con poca divisa para alimentar el fuego
de esta balanza.

Alguien cruza del pasillo al baño, alguien mueve
el cable corrugado del semipúblico, alguien reta
a un chico que baja las escaleras martillando
cada escalón y espantando el sueño del piso.
Como nos enseñó en un video la cantautora Natalie Imbruglia,
entre los que van y vienen arrastrados por la respiración
asmática del Hotel Miami hay un alguien tratando
de multiplicarse para construir una escalera
que los ponga a la altura del tono de la elegía.

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