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Imágenes, poesía y alquimia - Entrevista a Horacio Fiebelkorn

por Javiera Gutiérrez

Una ocurrencia casual de una noche en vela resultó toda una definición de estilo: realismo onírico. Editó tres libros y su obra crece cada vez que, casi físicamente, se ve necesitado de ponerle la palabra justa a una pregunta, una imagen, una incomodidad, una emoción o un recuerdo.

Cuando Horacio Fiebelkorn tenía diez años, una tarde o noche en su casa de La Plata, tal vez con una chocolatada o un sándwich en la mano, entró al mundo anómalo de la poesía por la puerta generacional: en la combada pantalla de una televisión blanco y negro, Luis Alberto Spinetta cantaba al frente de Almendra. El niño que era Horacio sintió una fuerte conmoción que después supo era estética. Hoy, Horacio Fiebelkorn, de rigurosas botas beatles, todavía recuerda ese momento iniciático, y dice que pensó “esto es muy raro, es otra cosa”, y que pronto la intriga se convirtió en devoción. A los once descubrió “Avellaneda blues”, de Manal, y no tardó en largarse a escribir.

Un oído refinado –que le permite distinguir las modulaciones del habla entre un porteño y un platense– y una mirada lírica y perspicaz guían su escritura, que siempre comienza en el rasgo esencial de la letra manuscrita.

¿Cuál considera que es la relación entre la poesía y la música? Pienso en musicalidad inherente a la poesía, pero también en la poesía como letra de canción…

Todo poema, incluso el más narrativo – y se supone que lo narrativo se da de bruces con lo lírico, idea con la que no concuerdo- tiene su música. Se trata de una música interna, que surge de las cadenas verbales, choques, roces y maridajes de palabras. Es el aliento de un poema, su respiración, lo que marca su musicalidad, y esto no está dado por los metros fijos, sino por su trabazón interna, sus pausas, los cortes y el volumen sustantivo que carga, sea en verso o un poema en prosa. Eso en cuanto a un texto escrito y concebido para ser leído en silencio y absorbido sin apuro. En cuanto a la canción, al tratarse de un texto que tiene un soporte musical, la cosa cambia, tiene otras leyes, porque se escribe para ser cantado, o sea, se escribe para el oído. Diría incluso que el soporte musical puede ayudar a lucirse a textos flojos, que con una buena melodía se sostienen de un modo que no sucedería jamás en el papel. En la canción popular hay como una exigencia de rima, y eso es lo que hace que una letra se pueda memorizar mejor, tanto para el que la canta como para el que la escucha, aunque obviamente hay excepciones. La canción popular tuvo y tiene grandes letristas-poetas, gente que básicamente trata bien a la palabra. Desde Celedonio Flores, Manzi, Discépolo, Zitarrosa, hasta algunas cosas de Spinetta, Emilio del Guercio, el Indio Solari, Palo Pandolfo o Manuel Moretti. Hubo incluso grandes poetas “de libro”, digamos, que trabajaron la canción con talento y potencia, como Manuel Castilla, o el uruguayo Washington Benavides, y en La Plata está el caso de Martín Raninqueo, que hace las dos cosas: escribe poemas y también canciones. La voz humana está en todo. En el poema escrito, en el poema cantado. No me gustan los que recitan en forma afectada, ampulosa, porque arruinan todo, sobreactúan, se ponen ellos por delante de lo que tienen que decir, y el resultado suele ser vergonzoso. Prefiero la voz cruda del autor diciendo sus textos, lo hagan bien o mal.

¿Cómo es, en su caso, la génesis del poema? ¿A partir de una imagen o del lenguaje?

Lenguaje hay en todo momento, es constitutivo de todo. Cuando se te impone una imagen en la mente, no tenés otra cosa que palabras para designarla y recrearla. No hay imagen por un lado y lenguaje por otro, son la misma cosa, por eso la mirada de un poeta y su lengua son lo mismo. ¿De dónde viene la imagen? De cualquier parte. Puede proceder de una observación casual de un hecho cualquiera, el recuerdo de un sueño, una especulación disparatada, un fragmento de conversación oído al pasar, un cartel que ves en la calle. Todos son materiales poéticos. De todos modos, siempre hay que trabajar para dar con las palabras que la imagen requiere. Esa imagen que de pronto te invadió, te inquietó, o te resulta indescifrable. O, también, esa imagen que fuiste a buscar, exprimiendo tus emociones, buscando ese punto de máxima condensación. Acá pareciera que estoy hablando de alquimia, pero no, estoy hablando de poesía y de escritura.

¿Cuál fue el primer poeta que le impactó leer y por qué?

En mi adolescencia tuve una experiencia casi alucinógena con Rimbaud. ¿Cómo fui a parar a Rimbaud? Ah, porque Spinetta había dicho en un reportaje que estaba leyendo a Rimbaud. Entonces ahí fuimos a buscar a este autor, a ver de qué va este tipo que es leído por Spinetta. Mentiría si dijera que entendí algo, pero sucedió algo insólito: tuve pesadillas con palabras. Venían palabras de un lado y chocaban con otras palabras, era algo casi aterrador, me desperté todo transpirado. Luego me impactaron los poetas beatniks, me gustaba el desenfado, la actitud vital, el verso largo, tipo mantra, de Allen Ginsberg. Bajé a tierra y conocí a Juan Gelman, y a traves de Gelman a Vallejo. Pero todo esto era interrumpido por Apollinaire, por Tristan Tzara, por Dylan Thomas. Y ahí de vuelta a la poesía argentina: Francisco Urondo, Juana Bignozzi, Juan L. Ortiz, Joaquín Gianuzzi. Un itinerario caótico, por momentos errático, pero creo que ilustra cómo van funcionando distintas influencias a lo largo de tu vida, y de tu lucha por encontrar eso que viene a ser tu “voz propia”. Y además, claro, algunos autores de la ciudad. El primer poeta platense que leí y conocí fue Néstor Mux, habrá sido por el año 81, más o menos. Tengo un profundo cariño por Mux, por Horacio Preler, y por Horacio Castillo, a cuya poesía -que está a distancia sideral de la mía- siempre vuelvo, por puro placer. Pero retorno a esa primera experiencia con Rimbaud: más de 30 años después, me pasó exactamente lo mismo al leer la poesía completa de Miguel Angel Bustos. Lo mismo: sueños con palabras que tienen vida propia y se pelean y se matan. Y comprobé otros lazos entre una experiencia y otra: el prologuista de Rimbaud definía al autor francés como “un místico en estado salvaje”. La misma definición usaba Leopoldo Marechal para prologar un libro de Bustos.

¿Cree que existe una identidad cultural platense? Si es así, ¿cuáles serían sus expresiones más características? Y, en especial, su expresión poética

Pienso que esa tipo de identidad se va forjando históricamente. La Plata sigue siendo una ciudad joven, y por haber sido concebida como fue, o sea, algo planificado de acuerdo a un concepto que era el summun de lo moderno en la Europa del siglo XIX, su comunidad tuvo una relación con, digamos, el entorno, el paisaje, muy diferente al vínculo que tiene un porteño con Buenos Aires, un rosarino con Rosario o un cordobés con Córdoba capital, por mencionar ciudades con historias más largas en la espalda. En La Plata pareciera que predominó durante mucho tiempo un extrañamiento frente al paisaje propio, que era como una incrustación europea. Y así fue, pienso, que su producción literaria inicial y no tan inicial, tendió a lo universal. Por eso, incluso, esos debates literarios sobre el realismo, que se reciclan cada diez años, nunca hicieron pie en La Plata, que siempre estuvo como aparte de ese mainstream. Recién en los últimos años eso empezó a modificarse, aparecen autores con otra mirada, pero sucede que la ciudad también cambió, como cambió el país, como cambió todo. El libro “5 x 1”, de Mario Arteca, es un ejemplo de eso. Pienso en Francisco López Merino, por ejemplo, que fue el primer gran poeta que tuvo la ciudad . En la revista Martín Fierro, un comentarista, Antonio Gullo, le criticaba parte de sus poemas, y le reprochaba que hable de cosas ajenas a “la realidad”. López Merino no era en absoluto un negado con la realidad, es más, tenía participación política incluso, pero su escritura apuntaba a otra cosa, recreaba cierto clima pueblerino platense que todavía está presente. El paisaje de La Plata era su clima, no sus monumentos, no sus barrios o avenidas. Es un clima que en todo caso, puede propiciar cadencias y fraseos distintos a los de la gran urbe, que es Buenos Aires. Bueno, López Merino es recordado siempre en La Plata. A Antonio Gullo no lo recuerdan ni en Buenos Aires, hoy me encargué de rescatarlo yo. ¿Sabés quién confesó una gran afinidad con López Merino? Juan L. Ortiz, en una entrevista que hace años le hizo Juana Bignozzi. En cuanto a la expresión característica de la cultura platense, prefiero pensar en aquellas que te hacen sentir orgulloso de tu origen. Y acá me viene a la mente la obra plástica de Ricardo Cohen y Cristina Terzaghi, la poesía de Horacio Castillo, Juan Ramón Couchet y Mario Arteca, narradores como Esteban López Brusa, Mariana Enríquez, Gabriel Báñez y Facundo Báñez, o platenses adoptivos como Carlos Martín Eguía y Pablo Chacón, y por supuesto, la gran saga rockera que empieza en los ‘60 con La Cofradía de la Flor Solar y Diplodocum Red & Brown, continúa con Virus y Patricio Rey, prosigue con Las Canoplas, Estelares y Mostruo y recientemente con estos de nombre largo, El mató a un policía motorizado. Eso que te decía antes, de una identidad joven y a medio forjar, se ve en el hecho de que La Plata es la ciudad rockera por excelencia. Más que Buenos Aires, más que ninguna otra. Eso no la hace mejor o peor, pero es así.

Una imagen favorita creada por usted y una creada por otro.

Una mía: “Un pájaro pega en el palo”
Una ajena: “Yo soy la palabra que me oculta”, del rosarino Aldo Oliva

¿Alguna vez le interesó crear poesía dentro de un marco estilístico predeterminado?

Cuando era muy joven, leí en algún lado algo que dijo García Lorca: primero hay que dominar todas las formas, y luego escribir lo que uno quiere. Fue así que a los 20 escribí diversas cosas en metros fijos, o sea, sextinas, cuartetas, sonetos, décimas, endecasílabos, alejandrinos, todo muy prolijo, medido, con cada rima en su lugar. De eso no queda nada, todo fue a la basura, merecidamente. Pero fue útil, porque descubrí que la versificación casi espontánea de la lengua castellana, es el endecasílabo. De ahí en más, mi trabajo se orientó a torcer esa tendencia. Cada tanto un endecasílabo se me escapa, o lo uso para cerrar tal o cual cosa con discutible elegancia, pero sólo eso.

(versión completa, no editada, de la nota aparecida en la revista del Teatro Argentino de La Plata)
Via Facebook de Horacio Fiebelkorn


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