bombo imantado

tornero de la energía

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un ruso al que no leo nunca

Dame tu pata, Jim, para la suerte,

una pata así no había visto antes.
Ladremos juntos bajo la luna
en este día tan silencioso y tranquilo.
Dame tu pata, Jim, para la suerte.
Por favor, querido, no te lamas.
Entendamos juntos esto que es simple.
Vos no sabés lo que es la vida,
no sabés lo que cuesta vivir en este mundo.
Tu dueño es amable y famoso,
suele recibir muchos invitados,
y todos, sonriendo, quieren
tocar tu piel de terciopelo.
Tu belleza perruna es irresistible,
tan confiable, amistoso, agradable
y sin preguntarle nada a nadie,
besás a todos, como un amigo borracho.
Mi querido Jim, entre esas visitas
hubo invitados de todo tipo.
¿Pero aquélla, la más callada y triste,
por casualidad no pasó por acá?
Ella vendrá, te lo prometo.
Y si no estoy cuando suceda,
lamele por mí su mano tierna
por todo lo que fui y no culpable.
 
De Sergei Esenin
(via Hacia donde llega la voz)

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Hotel Miami

Calle Gascón. Habitación sin baño privado. Sin ventana
con una puerta al pasillo. Con una mesa en la que
entran o un plato o un libro o el mate y el termo
o un cuaderno o un codo sosteniendo esa masa
de electricidad y cada vez menos pelo o una computadora
o un bolso. Segunda quincena del mes de noviembre.
En esta ciudad en la que el el cardumen pasa y tus manos
arañando no  se quedan con nada.
Teléfono semi público. Un cuaderno donde mi nombre
adhiere a la inestabilidad de otros nombres
también separados o quizás a la sorpresa
de los turistas con poca divisa para alimentar el fuego
de esta balanza.

Alguien cruza del pasillo al baño, alguien mueve
el cable corrugado del semipúblico, alguien reta
a un chico que baja las escaleras martillando
cada escalón y espantando el sueño del piso.
Como nos enseñó en un video la cantautora Natalie Imbruglia,
entre los que van y vienen arrastrados por la respiración
asmática del Hotel Miami hay un alguien tratando
de multiplicarse para construir una escalera
que los ponga a la altura del tono de la elegía.

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#FOTOFOTOFOTOFOTO

Lo que te envuelve, el fondo, está esperando que pulsen 
el botón de la cámara, las nubes quieren 
ser parte, el tema, mostrarse, tienen  
un motivo social entre tanta espuma. 
Así como el chico que cruzaba la playa hirviendo  
uvas por reventar, granadas frente  
a las paletas de tus dientes 
se sacrificó y miró por vez única lo que vemos 
y vemos. No era él el marco, nada que ver  
con esas rejillas blancas  
patinando por el cielo, ni con las olas 
detenidas antes de romper que cruzarán la foto,  
—sin la botella vacía que hamacan 
ni la bolsa a medio enterrar—. 
 
Un fogonazo tibio sale de la cámara. 
El viento vuelve a sacudirte el flequillo. 

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Sobre el arte de empezar

Los primeros, Juan, Sandro, Mauro, Esteban, Yañez,
y un grupo de compañeros de colegio
no pudieron probar  la mesa dulce de la mercadotecnia
textil. Pero pusieron tiendas.
Fueron según, familias amigas, independientes y

ganaron la cara de cazador. Los otros
Samuel, Juampi, Ailin, Nicolás, Mariel
surfers en un barrio de fantasía  acostumbraron las pupilas
al algodón, al neoprene, a las gotas raídas 
de decolorante en las remeras viejas.

Visto desde la vereda el monstruo de la estación,
tenía su vivoreo, su luz distinta. Los más jóvenes

Sandro y Mauro y Axel y Sergio se empoderaron en Morisono
les salió caro  pero bajaron la nariz
a una falsa sopa, a un artículo de limpieza,

movieron la alfombra donde los pies quietos
de la diáspora dormían, 
donde tenía el eje y alquilaba un local.

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Al Tecla Farías 

Los últimos meses en las paradas del colectivo, en los momentos muertos, 
no se nota onda para la lectura. A veces por el cielo una nube descarrilada 
se va extinguiendo hasta los cables gruesos de luz (esos conducen a las ratas). 
Creés que no hay solaz para encontrar en el cielo interpretaciones. 
Ni para lecturas en, ejemplo, la parada del blanco 71. 

Nada es propio. Como en la ventanilla de un auto que no manejás
las letras de una señalización vial te dejan una chispa en la cabeza 
que termina iluminando una recomendación pública. 
Unas remeras rojas 
se hinchan atrás de mis ojos. Unos chispazos percuten 
contra la nuca cuando un auto, destacado por
los focos de mercurio, va cruzando la calle. 

A pesar de entrenarte tratando de dar forma a esa montaña de basura esperando el camión, la única misión es saber 
que uno de los equipos más grandes del mundo quiso meterse 
en un poema de Joaquín Gianuzzi. Es más, los anestesiados relatores 
repetían como máquinas “camina Independiente por la cuerda del caos”. 
El goleador erró un penal hace una hora en una cancha 
embarrada por el deshielo. Ese error invade las paredes negras 
de un fin de semana inaugural. Se repite como la llegada 
del hombre a la luna. O como Néstor Kirchner dando una orden 
desde un plano inclinado. Panfletos en la plaza imaginaria de La Tablada. 

Muy abajo le pegó el Tecla a la pelota,
como si se pudiera ocupar la piel del otro cuando se licita
en segundos un futuro. Muchos no dicen nada y miran la luz 
azul de la noche esparcirse en derredor de los canteros secos. 

La creencia del fin es delirante y se va metiendo como veneno 
en los corazones agrietados. Quietos en cada región 
del mundo están practicando la exageración. El Tecla,
quizá, le pegó más arriba porque este código no servía más,
invitó, con esa burrada intencional a los otros, 
otros que no juegan ese partido. “Es muy difícil este éxito, 
está en manos de los que circulan,
en el altar de nuestra cabeza, en los foros 
en el pedal del afilador que va comiéndose las herramientas.”
El Tecla no erró un penal. Tiró un centro sobrenatural
para que cabecee un hacedor de vacíos, aprovechemo los momentos muertos,
trabajemos con palabras para fortalecernos en el tiempo 
para contar lo que estan gritando todos.

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Pretemporada

Temblaba la cortina de plástico, la persiana americana,
sonaba a chapa. Mi mascota miraba con expresión de
cómo una tormenta puede anunciarse en un departamento lateral
de un solo ambiente, de una sola computadora
y una sola silla donde todo pasa adentro del cuerpo.

No se escuchaban los ruidos habituales
de la calle. Como una perturbación
el pecho recibía la noticia del clima y preparaba el aire,
el ánimo para un desalojo o la reclusión
hasta que la normalidad, la luz y la quietud vuelvan

Pero hubo una pausa. Una brisa fría cruzó las ventanas.
Las zapatillas colgadas en un ventiluz, salvo una mancha blanca
dibujada en una de ellas, aparecieron secas.
El televisor volvió a captar señal. No todas
pero volvió a ver en el aire un dibujo imaginario
por donde acanalar la programación,
y también a destellar colores contra una pared vacía.

Las cubiertas de un auto lento rebotando contra el asfalto
se escucharon como un murmullo familiar,
amplificado por las finas paredes del cráneo.

Mi mascota baja la mirada en su jaula y relaja su postura 
sobre la foto de un funcionario. Escucho perdida la voz
del portero y no a su compañero de diálogo decir se viene 
nomás. Supongo habla de la lluvia.

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Esperanza de postergación



Entre las sombras de mi monki me visto más
pensando en la obligación que en una lengua,
un arte. Qué impresión cambiar de espacio,
de un espacio cerrado al espacio sin
límite. El  barrio donde vivo, en el que paso mis horas
de trabajo y las horas estériles en las que agudizo
el cimbronazo de los juicios repetidos contra
mí.

Autos sobre una calle empedrada que la velocidad
disuelve.

Ramas peladas discontinuando la plena luz
del sol. Metal entre mí lengua y paladar, el
metal de la sangre y el sabor de saber que
señalo como nuevas prendas que ya no
lo son. Como el pasaje tranquilo no es tranquilo y
como mis jeans nuevos que ya tienen más de un año.
Esos autos que pasan tienen un recorrido no quedarán
avanzando frente a mi casa cerrada. Corro a la esquina.
Cruzan autos y camionetas como en una atropellada. Y
los gestos de los conductores no son los gestos de los que
con la cabeza manejan esos vehículos. Toneladas fierro saber.
Más revistas aplastan los cimientos del kioskito de chapa. Años
atrás el encargado de esa institución del texto y la época hubiese
sido de alguna vanguardia. Hoy es de los nuestros, de los vacíos.
Los que caminando por pasillos a la noche no atendemos
las reverencias del sueño. Pensando tan fuerte como sea posible.
Porque el ruido que hace el pensamiento nos mantiene serenos.

Hoy el colectivo viaja vacío las cuadras que me separan, pocas,
de mi hogar a mi trabajo. Veo fotos gigantes de famosos de distintos
circuitos pegadas en las paredes. Algunos grandes.
Extensos. Hay asientos vacíos, porqué  no vienen y se van
de ahí. De ese papel endurecido
que los guarda y enferma de miradas y de opiniones. También veo
un sánguche y un café. Son una parte, no la más importante, de una oferta.
Pero tienen un tamaño que viajará con nosotros hasta que, quizá, comprobemos. ¿Existirá alguna aclaración sobre esa verdad
innecesaria?  Quizá no. Importan los colores o
qué están frente a mí proponiéndome un encuentro prolongadísimo
haciendo fondo en ese deseo que a esta hora de luz de sol tiene
pocas palabras y pero es igual de familiar. El timbre del colectivo
no suena. Me intranquiliza apenas imaginar que nunca voy a bajar
en la parada oportuna. Pocas veces pasa pero… Hay más
espacio abierto en la plaza y los baldíos domados. De la avenida
a los silos donde trabajo. Llaman a un perro por su nombre. Guille.
Va. Carga la obediencia de su especie. Nada lo separa de su carrera
sobre el cemento recién amanecido de una bicisenda.

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